Apagué la computadora por varios días. El calor era insoportable. Volví a conectarme con algunas cosas que creía perdidas.
El ruido de motores de micros, vehículos particulares, caños de escape; los gritos de conductores, viandantes y bebedores de cerveza; el humo de otros fumadores; las largas esperas frente a una ventanilla; el mismo trayecto de la casa al trabajo todos los días, excepto que ya no hay trabajo para mí donde solía encontrarlo; las miradas de arriba hacia abajo del viandante con rictus impune; el olor a mierda de perros, a aliento, a sobaco, a caries, a eructo; los objetos indirectos de las frases hechas y los consejos inútiles; las palmadas en el hombro del más apto; el incómodo ascensor al círculo de los invisibles; el mismo sabor en una naranja, un tomate o una hamburguesa; la casa llena de polvo para escribir en los espejos, y la familiar certeza de que algo muy grande, enorme, gigantezco, está ahora mismo limpiándose las patas en el felpudo, pero ya estuvo aquí, antes, todo el tiempo.
Es tremendo. Qué hija de puta, me mataste con ese final. Me quito el sombrero, las zapatillas, el jean, todo. Te metiste ahí con todo el cuerpo. Excelente, carajo.
ResponderSuprimirTodo lo anterior es exactamente un día de mi vida de mierda. Gracias por ponerlo con tanta gracia y precisión por escrito (los objetos indirectos de las frases hechas y el mismo sabor en una naranja, un tomate o una hamburguesa).
Gracias de nuevo.
No sabo qué. Gracias, o perdón.
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